Mi jardín tiene grandes espinas y muchos capullos por florecer, no lo dejemos morir.
Desgraciadamente aunque trate de regarlo con la frescura de la ilusión, siempre lo azotan los vendavales, raro no es el año que grandes vientos arrasan los brotes nuevos que comienzan a vislumbrar las primeras luces.
Pero aquí sigo, intentando tener una tierra buena de labor, con buenos abonos ideológicos, con tenacidad, pensando que aunque me broten malas hierbas, puedo llegar a tener el mejor jardín.
Pero me hunde el desanimo cuando a veces tanto esfuerzo no obtiene el fruto que se espera. Solo el tirar la toalla y abandonarlo a su suerte significaría el triunfo de su muerte.
Tampoco puedo dejarme engañar por el color brillante de esas rosas rojas, que esconden en su interior agudas y frías espinas, ellas no son las flores que quiero sembrar en mi jardín. Y no esperare que broten nuevos capullos de ellas, porque antes que me hagan daño y derrame mi sangre, los cortaré. Injertaré esta mala planta con nueva raíz que no sea la mentira, germinaré este espacio ocupado por ellas, con ramas de olivo porque es lo esencial que quiero conseguir de mi jardín, que en cada uno de sus arriates predomine el olor del azahar y la paz, que el olivo me da.
A ti, te animo a que me ayudes a sembrarlo de verde, de rojas amapolas, de aromáticas violetas y de inmensos girasoles que impregnen de color todo el collage de mi jardín. No lo abandonemos a su suerte, la muerte.
¡Ayúdame a resurgirlo!
sábado, 20 de febrero de 2010
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